Que las distintas patronales están de capa
caída no lo discute casi nadie y es especialmente comprobable entre los
empresarios de toda dimensión, pero mucho más entre los pequeños, medianos y
autónomos.
Hoy es difícil involucrar a empresarios en
patronal alguna, sea del carácter que sea, ni tan siquiera mantenerlos con un
cierto grado de confianza en las que han venido militando durante años, porque
el descrédito de la inmensa mayoría hace que vayan perdiendo la ilusión de
verse reflejados en ellas, cualquiera que sea su ámbito.
Este descrédito se ha venido labrando de
manera acelerada a lo largo de los últimos años, muy especialmente desde la
etapa Díaz Ferrán cuyo ascenso y caída meteóricos pusieron de relieve ante la
opinión pública la levedad de los llamados órganos gestores, su carácter
gregario, Asambleas y Juntas varias compuestas en su mayoría, excepciones
aparte, por supuestos empresarios más preocupados por sus intereses que por los
de todos.
La permanente ausencia de debate, la
debilidad de los argumentos, cuando se han permitido exponer, la tendencia de
algunos a la escalada socioeconómica, es decir a la trepa, la obediencia
debida, la lealtad mal entendida, casi siempre ad hominem y casi nunca a la
institución que dicen representar, el vasallaje a los políticos, en especial a
los que ostentan el mando, son todas ellas “virtudes” ajenas al empresario
independiente que necesitan nuestras organizaciones y, por el contrario, son la
esencia actual de gran parte de nuestras numerosas organizaciones
empresariales.
Organizaciones que creemos necesarias, bien
definidas en nuestra Constitución y, por ello, esenciales para la defensa de
los intereses generales, para el llamado diálogo social y para el avance de
nuestra economía.
Por ello es triste asistir un día sí y otro
también al numerito de la política asociativa, por encima de la responsabilidad
que se supone recae sobre todos y cada uno de nuestros teóricos representantes
y que, a la vista de tanto acontecimiento y rotunda presencia en los medios,
casi siempre para mal, no parece que hayamos acertado en su elección.
Últimamente asistimos al sainete
político-asociativo que tiene lugar en la CEOE para analizar la conveniencia o
no de mantener en su puesto de Vicepresidente y responsable de la patronal de
Madrid CEIM, Arturo Fernández, acusado por alguno de sus empleados de ciertos
pagos en dinero negro de una parte de
sus emolumentos, episodio que ha sido exageradamente reproducido en los medios
políticos y de comunicación
Dejando aparte la escasa autoridad moral de la propia CEOE, desbordada y
minimizada por otras varias organizaciones, inmersa en un falaz intento de
cambio de imagen con la propuesta de unos nuevos estatutos que intentan
maquillar su decadencia, con propuestas que lo que en el fondo parecen
pretender es la continuidad de unos dirigentes fracasados, su vanidad y sus
privilegios, desde el mismo momento en que aceptaron el cambalache de la
sustitución de Díaz Ferrán, la realidad es que asistimos a una pugna netamente
propia de la política, escasamente empresarial. No interesa más que a los
iniciados. No tiene mayor relevancia.
Arturo Fernández, único conocedor de su
situación empresarial, decidirá aquello que le convenga pero, mientras lo hace,
se ha producido el consabido movimiento de algunos para hacerse el hueco al que
aspiran y que solamente obtendrían en una situación de aparente inestabilidad
como la actual. Las posibles candidaturas a sustituir, aunque sea temporalmente,
al Presidente de CEIM se filtran interesadamente a la prensa, unos por edad
otros por antigüedad y algunos por inapropiada ambición desmedida, se postulan,
en espera de apoyos mediáticos y de que la suerte les sea propicia.
Pero al igual que en la sustitución de los
anteriores Presidentes de CEIM y CEOE, ninguno parece estar interesado en abrir
el debate y en acudir a unas elecciones limpias y democráticas en busca de
nuevos y mejores candidatos.
Con los mismos procedimientos que entonces,
lo que parece que se pretende es el acuerdo interno de sustitución, como
siempre, si es posible con inspiración y apoyo políticos, cambiando algunas
personas para mantener todo igual de escasamente representativo.
Así se pueden seguir vulnerando los
Estatutos y continuar el sometimiento y la cuesta abajo del legítimo
asociacionismo empresarial, que no recuperaremos si no aplicamos seriamente los
principios de transparencia, independencia y auténtica representatividad,
dejando atrás la llamativa burbuja de la patronal en la que casi ninguno nos
sentimos plenamente representados.
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