Desde
hace unos años se viene observando la decadencia de la industria convencional
en nuestro país, consecuencia lógica de la internacionalización de la economía,
de la llamada globalización. El fenómeno afecta no solo a España, sino que es general
y se produce en toda Europa, de manera especial en aquellas áreas antes
especializadas en la fabricación de bienes de la industria tradicional o de
consumo.
El
asunto es grave por muchos motivos, pero en especial porque la industria, el
sector secundario supuso el arranque de nuestra modernización y de la
incorporación a un mundo exigente y competitivo. Apoyada durante muchos años en
la protección del Estado, en las fronteras cerradas, en la autarquía que impuso
el régimen franquista y que propició la creación de millares de industrias de
todo tipo, tan dueñas del mercado interior como escasas en apoyos y capital, la
industria llegó a alcanzar casi la quinta parte del producto interior bruto.
En
Madrid, no nos quedamos al margen y algunas zonas, en especial el llamado Corredor
del Henares se constituyó en una de las zonas industriales más sólidas de la
Comunidad, extendiendo su acción hasta más allá de Guadalajara, en buena parte
de Castilla la Mancha Norte.
Muchos y muy buenos empresarios encontraron su
proyecto en la industria y dedicaron ilusiones y esfuerzos e hicieron grandes
inversiones en instalaciones y maquinaria moderna para tratar de luchar en igualdad con nuestros competidores,
europeos inicialmente, comenzando a
exportar sus productos tras nuestra incorporación al mercado único.
Pero
a diferencia de las grandes zonas industriales de Europa, que acertaron a
reconvertirse en buena medida, adelantándose a la gran apertura que significaba
la globalización, nuestra industria, pese a todo escasa de ayudas y lastrada
por su pobre productividad, ha ido decayendo lentamente hasta el momento
actual, en que se encuentra en estado preagónico, sin ilusión ni demasiados
proyectos de futuro.
La
industria exige un tipo de empresarios especialmente valientes puesto que
necesita de instalaciones complejas, con una fuerte radicación y dedicación a
su entorno geográfico y con unas inversiones importantes en maquinaria e
instalaciones complejas, así como una implicación continúa con las nuevas
tecnologías. Por ello, se dice que el empresario que abandona la industria, por
una u otra razón, no vuelve a ella, aunque continúe con su proyecto vital y
empresarial en otros campos de la economía, menos agresivos, menos traumáticos.
Vienen
estas reflexiones a cuenta de algunas cuestiones de actualidad en nuestra zona
Este de Madrid que, como venimos diciendo desde siempre, no se limita al
llamado Corredor del Henares, ámbito no exclusivamente madrileño aunque, como
hemos dicho, de gran importancia industrial en su momento.
Por
un lado, el previsible cierre de la factoría de Roca en Alcalá de Henares,
símbolo de la decadencia industrial a la que aludimos y que no ha merecido
demasiada atención, más allá de la informativa, especialmente por parte de los
sindicatos y organizaciones empresariales locales que hace unos años se
fotografiaron junto a un ensoñador proyecto de reindustrialización del Corredor
del Henares sin efecto alguno hasta el momento.
Por otro, la falta de liderazgo sindical y
empresarial para empujar el proyecto de cambio a sectores como el logístico, en
el que la Comunidad de Madrid tiene, desde hace años, un planteamiento ganador que,
junto con los empresarios de Aragón y de la Comunidad valenciana, haría de
nuestro país uno de los centros más importantes del mundo en transporte y
comunicaciones, con todo lo que ello comporta de creación de riqueza y empleo,
muy especialmente en nuestra zona.
Aunque,
claro está, dicha opción exige ese liderazgo que parece faltar y que implicaría
algo tan difícil en la actualidad como
apostar en serio por el famoso Corredor Central, que la Unión Europea tiene en stand by, hasta tanto no se aclare la
“cuestión catalana”.
Y
finalmente, por hoy, la operación Eurovegas, para algunos la solución a nuestros
problemas de desindustrialización si se hubiera optado por su establecimiento
en Paracuellos/Torrejón. Vana ilusión, porque no creemos que dentro de 15 o 20
años, cuando sea, hipotéticamente, una realidad el proyecto de juego, turismo y
ocio, hubiera podido sustituir a la gran
cantidad de riqueza, conocimiento y empleo que se ha ido diluyendo, para
nuestra desgracia, con la desaparición de la industria que tanto nos costó
instalar.
En
definitiva, vamos hacia otro tipo de sociedad, a lo que parece, porque no hay
más que darse una vuelta por los diversos polígonos industriales devastados por
la crisis de consumo, los impuestos municipales abusivos, unos sindicatos
medievales y la falta de interés de nuestros políticos por apostar en serio por
una industria moderna, eficaz y competitiva, comandada por auténticos empresarios
bien respaldados en su compleja pero apasionante misión.
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