Decíamos
al comienzo de la publicación de este blog, al que hemos dado el nombre de un
término náutico, RECALADA, que iniciábamos una navegación incierta. Toda
navegación es incierta porque ninguna tiene garantizada la llegada a destino,
ni el éxito del viaje previsto. Las circunstancias, los elementos, la mar y sus
caprichos, condicionan la navegación y exigen pericia a la tripulación para
superarlos.
En
los momentos más duros es importante el conocimiento del oficio, de las artes
para salir airosos de los embates con que la naturaleza pone a prueba a los
hombres de la mar y a su capitán. El liderazgo, basado en la experiencia y la
confianza que proporcionan las muchas misiones cumplidas, la fe en sus
capacidades, son los elementos esenciales para el buen fin del proyecto, tantas
veces realizado.
Sobre
el liderazgo en las patronales queremos hablar hoy. Porque no debiera haber una
patronal sin líderes capaces de unir a los empresarios en aquello que les hace
iguales, con independencia de la dimensión o el sector en que su empresa opere:
la importancia de ejercer la libre empresa en un país de hombres y mujeres
libres, el orgullo de dirigir nuestro destino con libertad, asumiendo los riesgos, el futuro incierto que ello
conlleva y la defensa a ultranza de los intereses comunes.
Sin embargo, el tiempo, los avatares de la
economía y de la política han ido modificando el perfil de muchos de aquellos
primeros líderes empresariales que, al igual que los políticos de la
transición, levantaron organizaciones fiables que atrajeron a muchos de
nosotros, estableciendo las condiciones y relaciones que han dado respuesta
durante largos años a las necesidades de representación y defensa de nuestras
empresas.
A
día de hoy, es difícil de encontrar ese tipo de empresario comprometido con los
principios que inspiraron nuestra democracia y la Constitución, que deposita en
las asociaciones empresariales la representación y la gestión de “los intereses
que nos son propios” sin más condición de que su funcionamiento sea
democrático.
Muchos
de los dirigentes empresariales en la actualidad viven o aspiran a vivir de sus
decadentes organizaciones y de los fondos que les han venido proporcionando subvenciones
varias, alejados de los valores que se les supone por el hecho de asumir
representación tan digna y de tan alta responsabilidad. Son los valores de la
sinceridad, de la honradez y transparencia personales que, al igual que tantos
políticos, han ido postergando en busca de su cómoda aunque insegura posición
de falso liderazgo.
Porque
a la crisis actual, que afecta a tantas empresas y, por tanto, a todas nuestras
organizaciones, no se le puede hacer frente más con las armas de la confianza
en nosotros mismos y en nuestros propios proyectos y eso incluye el rearme
moral que devuelva a las asociaciones empresariales el importante papel que han
jugado durante más de 30 años.
Urge
la vuelta a los valores que proporcionaron a nuestros empresarios la confianza
en el trabajo desinteresado y eficaz de organizaciones representativas, que las
vuelva a llenar de proyectos y de ilusión colectiva, que ahuyente a los
arribistas, yernócratas, políticos travestidos de empresarios y otras especies
de falsos dirigentes, ausentes de la sensibilidad, los conocimientos y la
transparencia necesarios para gestionar organizaciones tan complejas y diversas
como lo son los intereses de todos y cada uno de nosotros, al tiempo que
capaces de liderar, con coraje y liderazgo moral, los que sin duda nos unen a
todos.
Y
que atraiga o que retorne a los que se han ido alejando de unas prácticas y
unos modos más propios de la política que de la empresa, de la imposible
gestión prioritaria de tanto interés privado, de los que asuman los valores que
nos hicieron fuertes y fiables.
La
tarea es difícil, pero no imposible. Y a ella deberemos aplicarnos en los
próximos tiempos.
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