La
opinión pública está siguiendo con interés el proceso que la Juez Alaya ha
relanzado en relación con la concesión de ingentes cantidades de dinero público
en el llamado caso de los ERE, Expedientes de Regulación de Empleo fraudulentos
de la Junta de Andalucía.
La
titular del Juzgado numero 6 de Sevilla, reincorporada tras su larga
indisposición, ha puesto en marcha la máquina del poder judicial y en pocos
días ha comenzado a desentrañar un caso que puede superar con amplitud los
peores augurios que los ciudadanos intuíamos tras la primera parte de la
instrucción del sumario.
El
asunto es escandaloso en sí mismo, tanto por las enormes cantidades de dinero
público que se manejan, como por la intervención de multitud de políticos,
beneficiarios, comisionistas, intermediarios, testaferros, pero especialmente, en nuestra
opinión, por sindicalistas de variada condición e incluso de los grandes
sindicatos, posibles receptores de importantes cantidades en su papel de
cooperadores activos o pasivos.
Llama
la atención, en la larga trayectoria del proceso de concesión de los
expedientes, que ningún responsable político de cierto nivel, más allá del
pintoresco Director General de Trabajo y su insuperable, por increíble, equipo
de personal de la más intima confianza, tuvieran la menor idea de lo que se ha
estado gestando en Andalucía a lo largo de tantos años.
Pero,
sobre todo, produce asombro el papel de los sindicatos en todo este enorme
embrollo. Que los sindicatos hayan podido percibir cantidades de dinero importantes
por su apoyo a los procesos de regulación de empleo sin profundizar en ellos,
ni mucho ni poco según las noticias que nos llegan, sin interesarse en exceso
por la continuidad o la pervivencia de las empresas o por las posibles
irregularidades de la inclusión de personas ajenas a las mismas, no deja de ser
una variante más del sindicalismo gregario y residual que tenemos que soportar
los empresarios.
Llevamos demasiados años aceptando pasivamente
su intervencionismo en todo tipo de
actividades, en un desempeño de su
función, con frecuencia de carácter politizado y matonista que ha conducido a
demasiadas empresas a la ruina o la desaparición y a centenares de miles de
trabajadores al paro sin solución ni futuro, por su concepción totalitaria de
la supuesta defensa de los derechos de los que dicen representar.
Cualquier
empresario que se ha visto abocado a una adaptación de su empresa a las
necesidades del mercado en un determinado momento, con independencia de su
tamaño, sabe que ello ha tenido y tiene un coste. Por lo regular, el coste de
una negociación que aumentara las indemnizaciones de los trabajadores, sin
importar el futuro de empresa ni trabajadores y con alguna que otra
contrapartida directa o indirecta a los propios sindicatos.
El
caso de los ERE es la versión máxima de esta práctica que ha dado una fuerza y
una presencia excesiva a los sindicatos, en virtud de unas leyes laborales que
afortunadamente han comenzado a modernizarse. Hoy, la jueza Alaya ha empezado a
poner ante la opinión pública, de manera descarnada, la intervención de
sindicalistas y cómplices varios, también políticos, que han venido creyendo que
el dinero público se podía utilizar como un arma para la potenciación de la
acción de unos, el beneficio de los allegados, el enriquecimiento de otros y el
mantenimiento artificial de un tejido productivo insostenible debido a tanto
intervencionismo interesado.
La
Constitución reserva un papel esencial a los agentes sociales, también a los
sindicatos que limiten su papel en aquellos asuntos que les son propios,
defendiendo el futuro de los trabajadores y de las empresas, con transparencia,
diálogo sincero, democracia interna y en los ámbitos que les corresponden y
que, desde luego deben estar bien alejados de la política y de los Consejos de
Administración.
Pero
ha llegado la hora de que cada uno acepte cumplir su papel, empresarios,
trabajadores, políticos de toda condición, agentes sociales, porque la
situación de la economía española no permite ninguna alegría y, mucho menos, noticias
e irregularidades de este calado.
Nuestro
agradecimiento a la juez Alaya y el deseo de que llegue hasta el fondo de tan
pantanoso y putrefacto asunto.
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