lunes, 14 de enero de 2013

El Silencio de las Patronales


Sabido es que los empresarios, salvo excepciones, somos poco dados a aparecer en los medios de comunicación para otra cosa que no sea dar a conocer la realidad de nuestros proyectos o planteamientos en comparecencias que permitan publicitar el avance de nuestras empresas. La discreción suele acompañar a la labor callada de la mayor parte y esa misma discreción se traslada con más intensidad a los ámbitos en que actuamos de manera coordinada o conjunta, es decir las patronales. En las discusiones, debates o exposición de cuestiones que puedan rozar  la discrepancia pública o la necesaria intervención de los distintos agentes, sean sociales o políticos, en las organizaciones empresariales se suele imponer el silencio institucional aunque las diferencias internas sean manifiestas.

 Sin embargo, la actualidad nos está deparando noticias, comentarios, intervenciones políticas de calado en relación con múltiples asuntos de gran importancia para el presente y futuro de la economía, e incluso escándalos, en los que los empresarios, casi siempre para mal, estamos presentes o incluso somos protagonistas, sin que las distintas patronales que pudieran verse afectadas por ello, especialmente la gran patronal CEOE, parezcan darse por aludidas pese a que la proliferación de los mismos pueda estar afectando seriamente a su credibilidad.

La tendencia a lo que podemos denominar como exceso de  prudencia en los posicionamientos públicos de las organizaciones empresariales, en consecuencia,  se ha ido incrementando en estos tiempos, afectando a la producción de sus debates internos en los que parece ausentarse el sentido crítico de toda organización que pretenda, como las patronales, representar dignamente a empresarios de condiciones, dimensión y personalidades muy dispares.

Quizás se deba a un superávit de mesura, propia, como decimos, del carácter del empresario y necesaria para el desarrollo de sus proyectos, pero en momentos tan graves como los actuales  nos preguntamos si no sería bueno que los asuntos de mayor relevancia, al menos, tuvieran una respuesta institucional y bien motivada para cuestiones tan espinosas como las que abordaremos a continuación.

Empezaremos por  la CEOE, que arrastra su decadencia desde hace unos años en que se produjo el cambio de un Presidente, José María Cuevas, que había alargado en exceso su mandato en espera de encontrar un candidato de consenso que continuara su obra y tan solo unos meses después de realizado pudo comprobar cómo la gran patronal enfilaba un futuro bien distinto, aunque no por ello ni más claro ni mejor definido. Realizada la sustitución, durante un tiempo CEOE se distrajo en el debate político sobre la necesaria reforma laboral pero sin aportar más que unas escasas directrices y colaborando con ellas al desgaste político y empresarial de la organización.

Diaz Ferrán, el nuevo Presidente, en estos momentos de la más triste actualidad, más que de abrir definitivamente la patronal, se afanó en los cambios internos, sustitución de los antiguos gestores, ampliación de sus apoyos con el aumento hasta el absurdo del número de vicepresidentes, lo  que hacía inoperativos a todos ellos, cosa que había ensayado previamente en la patronal madrileña y en establecer una nueva doctrina, supuestamente liberal, que partía de la base de que “la mejor empresa pública es la que no existe”, olvidando que el grueso de sus negocios estaban centrados en la  adjudicación de la  gestión de empresas públicas y que su papel no debería ser el de ideólogo sino el de buen gestor de amplios y variados intereses empresariales y del difícil equilibrio entre todos ellos.

La industria y su falta de futuro, la debilidad de los sectores más importantes de nuestra economía, , las burbujas especulativas financiera, de la construcción y de las propias infraestructuras, la proliferación de empresas e instituciones económicas públicas que distorsionan los mercados y eluden la exigente fiscalidad de ayuntamientos y Comunidades autónomas, el desorden en el funcionamiento del mercado interior, todos estos asuntos y otros muchos más no merecieron más que insulsos debates en los órganos de gobierno de la patronal y débiles notas de prensa para cubrir el expediente.

Así, no es extraño que se hayan ido incorporando al debate y a la participación institucional otros entes creados para sustituir la incapacidad de CEOE, como el llamado Consejo para la Competitividad, representación de las grandes empresas ante las distintas instituciones, dada su escasa relevancia en dichos órganos y posiblemente conscientes de la inoperatividad y escaso valor de los mismos. Otros, como el Instituto de la Empresa Familiar y alguno más, han ido ocupando espacios institucionales y ante la opinión pública, que CEOE iba abandonando lastrada por la incapacidad de sus órganos de decisión, al tiempo que se hacía más patente su decadencia y la de muchas de sus organizaciones.

Con el obligado abandono de Díaz Ferrán se produjo un cambio cosmético con la aparente finalidad de recuperar la relevancia y el tiempo perdidos, pero con los mismos planteamientos, personas y estilo que en el periodo previo, por lo que la sensación de ausencia de la patronal de los grandes problemas que nos aquejan se ha ido incrementando y su silencio es cada día más clamoroso.

Asombra su falta de posicionamiento ante la debacle de las Cajas de Ahorro y el consiguiente hundimiento de nuestro sistema financiero, necesitado de enormes ayudas externas, sin que se haya oído una queja, reproche o análisis sereno del papel que muchos representantes de las distintas patronales han tenido, por acción, omisión o, lo que es peor, tratándose de empresarios, desconocimiento supino del marco financiero.

Igualmente sorprende su incapacidad para asumir el debate y las posibles soluciones, con un mínimo de rigor, ante  la desaparición de cientos de miles de proyectos empresariales de toda dimensión,  la desprotección de los autónomos y las pequeñas y medianas empresas, sin recursos ni ánimo para continuar, el silencio ante el marco fiscal que las ahoga y la falta de crédito, sin más que unas limitadas intervenciones para cubrir el expediente, todas ellas consecuencias de un falso cambio que no ha servido más que para   mantener a flote la antigua superestructura y los intereses de unos pocos, impuestos por el anterior Presidente de CEOE y sostenidos por el actual.

Para dentro de poco se nos anuncia una nueva Ley de Cámaras, como siempre una Ley  impuesta, para la continuidad de unas Cámaras de Comercio, también como siempre aparentemente decididas a cubrir el hueco que dejan las patronales, bien tuteladas y dirigidas por los poderes públicos, que se ocuparán de aportar sus dirigentes y, como siempre, preparadas para mantener la dicotomía entre “patronales” y “camerales”, ahondando en sus diferencias, por más que se haya presentado recientemente el nuevo y deslumbrante proyecto, aún desconocido, en un gran acto celebrado en Madrid hace poco tiempo, financiado por las empresas líderes del Consejo para la Competitividad y con la significativa ausencia de los más importantes dirigentes de la patronal, pero sin que haya salido una sola palabra de ninguno de ellos, ni aceptando ni rechazando el incierto proyecto.

Y de mercado único interior y su defensa, ni una sola palabra. Parece que la amenaza de secesión de Cataluña no fuera un problema también, de la mayor importancia para todos los empresarios y que, siguiendo el esquema definido, lo mejor es no hablar de ello, ocurra lo que ocurra. Es la discreción y la prudencia llevados hasta el último extremo aún cuando un eminente miembro catalán del nuevo equipo, el inefable Sr. Gaspart, presidente de la Comisión de Turismo de la CEOE y candidato a presidir Turespaña, acabe de declarar que “los empresarios catalanes, cuando volvemos de Madrid, nos sentimos más independentistas”.

Es fácil suponer que tal desahogo de tan relevante miembro del empresariado catalán y español, por extensión, sea analizado y, en su caso, sus palabras matizadas convenientemente pero, como en todas las cuestiones anteriores la patronal, si acaso,  se limitará a emitir un desmayado comentario para que todo continúe igual como hasta ahora. Es decir, cuesta abajo.

Enrique Martínez Piqueras
Presidente de Fedesma
 

                                        

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